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Racó de lectura · 6 de Febrer de 2018. 10:50h.

Valentí Puig o el país de la CUP

 

Valentí Puig tiene la manía de escribir un poco cada día. Por este procedimiento debe haber ya igualado o superado los 45 volúmenes de Pla. Quizá también a Josep Maria Espinàs que, si las cuentas no me fallan, lleva más de 40 años publicando un artículo diario en prensa. Los primeros 23 años en el Avui. El resto en El Periódico.

Pero como dice el propio Valentí Puig (Palma de Mallorca, 1949) en su último dietario escribir es “uno de los gandes remedios contra la ansiedad” (pág. 244). Aunque con su pinta de lord inglés -que ya he comentado en alguna otra ocasión- no lo parece.

De hecho tiene otra manía: escribe para sí mismo, que es la base de los dietarios. La gran literatura, como la de Kafka, está más en los diarios personales que en la ficción. Lo que pasa es que luego, de vez en cuando, le da por publicarlos.

Mediante esta fórmula ya salió a la venta “Bosc endins” (1982), “Matèria obscura” (1991), “Rates al jardí” (2011) y “Dones que dormen” (2015), entre otros. Ahora ha tocado “La bellesa del temps” (Ed. Proa, Barcelona 2017), que son los de entre 1990 y 1993. Su etapa londinense como corresponsal en Londres para ABC.

Y asiste con pesar, porque es un admirador confeso, a la caída de Margaret Thatcher. Presencia también otros acontecimientos como la victoria sorpresa de John Major, las tensiones entre Londres y Bruselas -que han acabado en el Brexit- y algunos atentados del IRA en la capital británica.

Apenas aterrizar llega a esta conclusión: “en el Reino Unido, ahora mismo, hay mas hooligans que gentlemen” (pág. 13). Pero también nos cuenta sus paseos -e incursiones en librerías- por barrios pijos como Hampstead, Hammersmith por Kensington, Notting Hill o Mayfair.

Es igualmente la época del asesinato de Rajiv Gandhi o de la guerra de los Balcanes. Además, tenemos la suerte que se desplaza a Irlanda y hasta a los Estados Unidos para seguir la campaña presidencial Bush-Clinton. Aquí detecta ya que el candidado demócrata -y futuro presidente- tiene “un problema de faldas”.

En algunos casos una corresponsalía, aunque sea en un país europeo, no está exenta de peligros. En Cromwell Road un gamberro le lanzó una verdura -o una fruta, no viene al caso- a la cara (pág. 285). Unos ángeles del infierno estuvieron a punto de darle una páliza (pág. 352). Y en California dos policías “en bermudas” lo confundieron con un surfista peligroso (pág. 380).

También hay reflexiones sobre dos temas que preocupan al autor -y al mindundi que escribe esta reseña-: el periodismo y la inmigración. Más bien el futuro de la prensa porque, nada más llegar, el joven de la agencia inmobiliaria que le busca piso le pregunta: “¿Pero en su país compran periódicos?” (pág 19). Y eso que estamos hablando de los años 90. Imaginen el porvenir que le espera al papel.

O como dice el mismo Valentí Puig: “quizá el periodismo ahora consiste en esperar comunicados de prensa (pág. 166). A caballo siempre entre el periodismo y la literatura llega también a esta otra conclusión: “con raras excepciones, el periodismo daña la prosa” (pàg. 341).

Mientras que sobre la inmigración ya advirtió, a principios de los 90, que en Bradford tenían un problema. Citando a un periodista de la Deutsche Welle: “El problema es que las leyes inmigratorias las hacen unos legisladores que viven en zonas residenciales, mientras que los que han de convivir con los recién llegados son obreros que viven en sus barrios”. Sin quererlo estaba anticipando el auge de la ultraderecha en Europa.

En fin, hay por otra parte algunas reflexiones sobre el pensamiento conservador que suscribo íntegramente: “Cuanto tiempo tendrá que pasar hasta que llamarse conservador en España ya no sea considerado reaccionario o franquista” (pág. 42). Ni que decir la reflexión es aplicable también a Catalunya, el país de la CUP.

O esta otra: ¿Qué hace que la derecha española sea tan poco seductora, tan gris?” (pág. 342). Aunque, personalmente, me quedo con ésta: “los grandes cómplices del totalitarismo soviético fueron los intelectuales de Occidente” (pág. 223). Al parecer, para Simone de Beauvoir la China de Mao era la “encarnación de una nueva civilización” (pág. 343).

Pero ya puestos podemos extraer conclusiones incluso sobre el proceso. Hay una frase que me ha recordado a Mas. O más bien al fiasco de Mas: “Política y carácter son un binomio indisoluble. Ideólogos, abstenerse. Al final, cuenta más el carácter que la capacidad intelectual” (pág 324).

Y, para acabar, otra que viene como anillo al dedo para Puigdemont, ahora que soberanismo mira al norte: “Bélgica es el país más inexistente de Europa” (pág. 257).

Quizá el único reproche que se le puede hacer a Valentí Puig es que debería publicar sus dietarios más conectados a la realidad. Han pasado casi treinta años desde que escribió las páginas aquí reseñadas. Imaginen un dietario de Valentí Puig sobre el proceso. Daría mucho juego.

Ya puestos deberían ser tambén cronológicos. “Bosc endins” es de los años 70, “Matèria obscura” de mediados de los 80, “Rates al jardí” del 1985, “Dones que dormen” del 1986 al 1990, “Annus horribilis” del 1992 y el de ahora de comienzos de los 90.

Yo me hago un poco un lío. Como los episodios de La Guerra de las Galaxias, que mis hijos tiene que contarme qué secuela es y donde van en la historia global de la saga. Claro que en esto yo soy un tipo chapado a la antigua: prefiero las cosas explicadas una detrás de otra. Sin saltos en el tiempo. Pero no lo duden, pasen y lean. / Un artículo de Xavier Rius

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